El primer test de la paridad
Patricio Navia
Que Pasa, Julio 8, 2006
A menos que su loable preocupación por la inclusión de la mujer y la igualdad de oportunidades la aborde con el pragmatismo y la flexibilidad que le permitió llegar a La Moneda, Bachelet convertirá a la paridad de género en una de las principales debilidades de su gestión.
Durante la campaña, Bachelet hizo algunas sorpresivas promesas sobre los criterios que utilizaría en la formación de su gabinete. Además de anticipar que nadie se repetiría el plato, Bachelet repitió varias veces que quería paridad de género en su gobierno. De hecho, tal vez el más llamativo elemento de su primer gabinete fue el igual número de hombres y mujeres que lo componían. Si bien en el resto del gobierno hubo muchos que se repitieron el plato (algunos feliz y merecidamente), el gabinete tuvo muchas caras nuevas.
Aunque Bachelet también prometió gobernar con “las y los mejores,” Bachelet difícilmente puede alegar que cumplió esa promesa. La desigualdad distribución de experiencia hace que su gabinete combine nombres de celebrado talento con personas cuyas habilidades son insuficientes. Pero sería un error sugerir que la causa de esas debilidades radica en la naturaleza paritaria del gabinete. La debilidad del gabinete es resultado de la falta de flexibilidad que tuvo Bachelet para armar su equipo. Porque la Concertación está compuesta de cuatro partidos políticos y porque es imprescindible, para garantizar la gobernabilidad, nombrar ministros que militen en cada partido, su margen de maniobra es limitado. Pese a saber esto, Bachelet se auto impuso dos restricciones adicionales: las caras nuevas y la paridad de género. Su complejo predicamento empeoró aún más porque tuvo que buscar caras nuevas con paridad de género en cada partido. Por eso, al final terminó nombrando un gabinete donde debió ceder en alguno de esos tres criterios. Porque no podía abandonar el equilibrio entre los partidos (base esencial de la unidad concertacionista) y porque insistió en la paridad de género, Bachelet abandonó la idea de gobernar con ‘las y los mejores”.
De las diez mujeres que nombró, 3 militan en el PS, 3 en el PPD, 2 en el PDC y dos son independientes. Entre los hombres, en cambio, la militancia se divide entre 5 PDC, 2 PPD, 1 PS, 1 PRSD y un independiente. La combinación de caras nuevas y equilibrios partidistas fue posible gracias a la flexibilización en el criterio de buscar a los mejores. Esto fue particularmente problemático en los nombramientos de mujeres. La disponibilidad de candidatas era claramente inferior a la de candidatos. Porque los partidos históricamente han tenido más hombres militantes, el número de mujeres con experiencia y competencias adecuadas era comprensiblemente reducido. Si le añadimos las restricciones de caras nuevas y de equilibrios partidistas, su margen de acción fue aún más disminuido.
Hoy ya podemos evaluar hasta qué grado Bachelet acertó y en qué medida falló al armar un equipo que pudiera conciliar los equilibrios partidistas y la paridad de género con la importante necesidad de juntar a “las y los mejores.” Por cierto, el esfuerzo por incluir más mujeres abrió paso a personas que hoy ya destacan como algunos de los principales aciertos de la gestión Bachelet.
En un gobierno donde los errores no se han dejado esperar, no debería sorprender que algunas ministras hayan participado cabalmente en la seguidilla de declaraciones inoportunas y decisiones cuestionables que han ocurrido en este gobierno. La sorpresiva sugerencia sobre usos alternativos para los excedentes del cobre de la ministra de defensa Vivianne Blanlot en Haití inauguró el peor mes del gobierno hasta la fecha. Las irreflexivas declaraciones de la titular de salud, Soledad Barría, sobre la píldora del día después días antes de asumir su puesto tampoco ayudaron a dar la impresión de una orquesta que tocaba al mismo tono. Pero las ministras no han estado sobre representadas en los errores comunicacionales. Es más, las principales caídas en la comunicación oficial han sido cometidas por hombres mucho más experimentados en la política. Por otro lado, aunque Ingrid Antonijevic, la titular de economía, ha estado notoriamente ausente de todos los debates relevantes que tienen que ver con su cartera, el ministro de educación también demostró falencias imperdonables en el manejo de la crisis estudiantil. Los errores en el gabinete han estado distribuidos también equitativamente entre hombres y mujeres.
Por cierto, la paridad de género no se dio en los ministerios políticos de La Moneda. Solo una de las tres carteras en palacio es liderada por una mujer. Pero ha sido en el equipo político donde se han cometido los principales errores. Peor aún, en un segundo piso donde el equipo de asesores fue liberado de la condición de paridad de género, los errores estratégicos han costado más caro que cualquier declaración desafortunada de alguna ministra. Es injusto entonces echarle la culpa a la paridad de género por los errores cometidos. Así como ha habido ministras que han tenido experiencias poco felices, también ha habido ministros que simplemente no han dado el ancho.
De hecho, tal como ocurre entre los hombres, entre las mujeres del gabinete hay aquellas que han destacado y están las que simplemente han decepcionado. Mientras Blanlot y Antonijevic han tenido mucho más errores que aciertos, la titular de Vivienda Patricia Poblete ha logrado conciliar el estilo directo y cercano de Bachelet con la necesaria cuota de autoridad y autocrítica que todo político debe tener. Paulina Veloso ha llevado adelante las relaciones con el legislativo pese a la insistencia del gobierno en querer que las leyes se discutan en comisiones ad-hoc y no en el congreso. Clarissa Hardy, la titular de MIDEPLAN, es una de las estrellas del gabinete. Después de haberse preparado por años para ese puesto, Hardy ha demostrado que, con faldas o pantalones, no hay mejor receta para ser buen ministro que la combinación de las ganas combinadas con adecuada preparación. Aunque Karen Poniachik adquirió experiencia técnica y política durante el sexenio Lagos, el éxito de su gestión dependerá mucho más de las impredecibles decisiones de Argentina en temas de energía que de lo que pase en el sector minero en Chile. Con sus aciertos y errores, el grupo de ministras que nombró Bachelet ha demostrado que, más que género, los factores a evaluar deben ser la capacidad política y las competencias técnicas para realizar la pega.
Los criterios que Bachelet utilice para la conformación de su gabinete debieran siempre buscar formar un mejor gobierno. Por eso, de los tres criterios que ha utilizado para formar sus equipos, el criterio más importante debiera ser gobernar con “las y los mejores.” Es verdad que el equilibrio entre partidos es esencial para darle gobernabilidad a la Concertación. Ningún presidente debiera desconocer lo importante que ha sido en el éxito de Chile en estos dieciséis años la unidad de los partidos de la coalición de gobierno. Por eso, el equilibrio entre los partidos al momento de nombrar el gabinete debe ser el segundo criterio en importancia.
En tercer lugar debe venir la paridad de género. Aunque es importante abrir paso a la mujer eliminando las barreras que históricamente han restringido la igualdad de oportunidades a ambos géneros, la paridad de género no debiera reemplazar ni al equilibrio entre los partidos de la Concertación ni a la esencial condición de buscar a “las y los mejores” para construir equipos de gobierno. Porque Bachelet es una líder pragmática que entiende la importancia de la Concertación y que ha demostrado su capacidad para dejar de lado inoperables y contraproducentes dogmas, a la hora de ajustar sus equipos de gobierno debiera privilegiar el criterio de buscar “los y las mejores” aunque eso implique abandonar, temporal y estratégicamente, el loable objetivo de construir un país donde mujeres y hombres gocen de las mismas oportunidades.