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El mundo según Pato Navia

 
20080302 Bacheletistas desilusionados



Patricio Navia

La Tercera, marzo 2, 2008

 

Si bien el bacheletismo-aliancista causa más polémica, el bacheletismo desilusionado es un fenómeno más expandido. Bachelet tiene hoy menos apoyo que cuando asumió el poder. Entre sus adherentes hay menos entusiasmo por el proyecto inicial y más interés en lograr sólo que el gobierno termine bien. Más que ganar por goleada, sus aliados simplemente esperan que Bachelet pueda evitar perder el partido. El propio gobierno implícitamente reconoció una derrota parcial en los primeros dos años. De ahí el apuro por empezar el segundo tiempo hace tres meses.

 

Desde ex ministros heridos hasta ex jefes de campaña enemistados, desde líderes vecinos distanciados hasta una cada vez más crítica prensa internacional, desde Facebook hasta las encuestas, la percepción sobre la Presidenta es cada vez menos optimista. Sus más fervientes adherentes tratan de explicar el decepcionante desempeño con frases como “no lo ha hecho tan mal” o “le ha tocado un periodo difícil.” Incluso entre sus aliadas feministas, la percepción no es de entusiasmo. La recurrente excusa es el intento de femicidio político. Si bien su condición de mujer le ayudó para ser Presidenta, esa misma condición es ahora usada como excusa para dar cuenta de por qué el suyo ha sido un gobierno, cuando más, discreto.

 

En privada, algunos de sus aliados destacan que, cuando pasen los años, las reformas de pensiones y educacional serán más importantes en la historia que el fracaso inicial del Transantiago, las protestas estudiantiles o los escándalos de corrupción. Algunos simpatizantes alegan que “las políticas públicas adoptadas han sido mucho mejor que la política”. Ante el Transantiago, insisten que la gestión de Cortázar ha producido mejoras y que pronto todo funcionará bien. Pero la confianza tiene más que ver con la habilidad de Cortázar que con Bachelet. El énfasis en las políticas públicas adecuadas apunta más a Andrés Velasco que a las prioridades de Bachelet. Por decirlo de otro modo, si el diseño final de las innovaciones en políticas públicas implementadas hubiera estado en La Moneda, la reforma educacional hubiera terminado con el lucro en la educación particular subvencionada.

 

En parte, la decepción resulta de las expectativas erradas que llevaron a muchos a sumarse al bacheletismo. Como me comentó un asesor de la campaña, “pensamos que ella iba a gobernar con nuestras ideas.”  Debido a su sorpresiva irrupción, Bachelet carecía de un programa de gobierno predefinido. Durante la campaña, a lo más, irreflexivamente realizó promesas a favor de la paridad de género y prometiendo que nadie se repetiría el plato.

 

La tentación de acercarse a una candidata popular sin agenda sedujo a muchos. En el comando de campaña compartían espacios desde Andrés Velasco, Alejandro Foxley y los tecnócratas de Expansiva, hasta los estatistas Adolfo Zaldívar y Jaime Mulet (entonces) del PDC. Desde aquellos que querían profundizar el modelo hasta los que buscaban corregirlo, todos pensaban que podrían gobernar vicariamente a través de una Presidenta popular sin agenda propia. Pero una vez electa, Bachelet quiso imponer su agenda. Desde la paridad de género y las caras nuevas hasta sus declaraciones a favor de una indefinida democracia participativa, dejó en claro que no estaba dispuesta a impulsar prioridades de otros.

 

El grupo de bacheletistas desilusionados rápidamente comenzó a crecer. Pero con nuestro presidencialismo exacerbado, La Moneda igual tiene mucho poder. Por eso, los bacheletistas que se han mantenido leales han logrado importantes triunfos. El Ministro de Hacienda ha sido el que más victorias se ha anotado. Aunque ha sufrido bajas y derrotas, su agenda de reformas en pro de la profundización y modernización del modelo—y de mejoras que introduzcan más competitividad—es la que más ha avanzado.  

 

Hoy, cuando todavía faltan nueve días para terminar la primera mitad, el creciente número de bacheletistas desilusionados da cuenta tanto de la percepción generalizada sobre el desempeño del gobierno como de la decepción de aquellos que pensaron que, con Bachelet en La Moneda, podrían gobernar ellos.

 

 



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