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El mundo según Pato Navia

 
20080616 Liderazgos presidenciales en América latina: Resultados versus rediseño



Liderazgos presidenciales en América latina: Resultados versus rediseño

Patricio Navia

Infolatam, junio 16, 2008

 

La experiencia reciente de los liderazgos presidenciales en América latina demuestra fehacientemente que, si bien las condiciones económicas internacionales pueden facilitar o dificultar el desarrollo económico, las decisiones sobre prioridades políticas que toman los mandatarios puede convertir problemas en oportunidades como también puede llevar a sus países a desperdiciar inmejorables oportunidades para avanzar en la senda del crecimiento y la justicia social. Cuando un gobierno toma decisiones acertadas, los resultados en términos de crecimiento económico y reducción de la pobreza y la desigualdad son evidentes. En cambio, cuando los mandatarios optan por prioridades equivocadas, por más bien intencionadas que sean, son los más pobres los que sufren por las oportunidades perdidas.

 

Entre diciembre de 2005 y diciembre de 2006, 11 naciones de América latina celebraron elecciones presidenciales. En tres de ellos—Brasil, Colombia y Venezuela—los presidentes en ejercicio fueron re-electos. En los otros 8 casos, los nuevos líderes que asumieron el poder enfrentaban el doble desafío de impulsar el crecimiento económico y reformar el Estado para que fuera capaz de implementar políticas que avanzaran más decididamente en reducir la pobreza y crear oportunidades para todos de tal forma de disminuir esa obstinada desigualdad que ha caracterizado a la región desde la colonia.

 

Como era de esperar, en los países donde los mandatarios fueron re-electos, no hubo variación en las prioridades políticas y en el modelo económico favorecido por las autoridades. Mientras en Brasil el Presidente Lula mantuvo las políticas a favor del libre mercado y con un fuerte énfasis en la reducción de la pobreza y la creación de oportunidades para los más necesitados, en Venezuela el Presidente Chávez mantuvo su retórica anti-imperialista y sus políticas económicas que ponen al Estado como el principal impulsor del desarrollo económico. Así, en tanto Brasil se consolidó como un país donde la producción está esencialmente en manos de los privados y el Estado tiende a concentrarse en un papel regulador y de ayuda y protección a los más necesitados, en Venezuela el gobierno ha fortalecido su sesgo anti-mercado y el Estado se ha convertido en el principal actor económico. Los resultados, como no debería sorprender, han sido más favorables en Brasil que en Venezuela. Tanto en términos de crecimiento, reducción de la pobreza como también en cuanto a consolidación democrática, Brasil está hoy mucho mejor que cuando Lula asumió el poder en enero de 2003. Venezuela, en cambio, parece hoy mucho más polarizada políticamente que cuando Chávez asumió el poder en medio de una crisis de legitimidad los partidos tradicionales en 1998. Aunque ha habido avances en reducción de la pobreza (cuestión que incluso ha sido cuestionada también por respetados estudiosos), Venezuela ha avanzado sorprendentemente poco en cuanto a reducción de desigualdad. Dado los abultados precios del petróleo, los avances alcanzados por Venezuela en materia de crecimiento y reducción de la pobreza parecen más bien modestos.

 

En Colombia, la re-elección del Presidente Uribe le permitió seguir avanzando en la senda de consolidación del modelo económico y profundización del concepto de seguridad democrática. El debilitamiento de las guerrillas y la disminución de la violencia han convertido a Uribe en un presidente altamente popular. El crecimiento económico experimentado por Colombia ha permitido avanzar en la reducción de la pobreza y la incorporación de sectores tradicionalmente marginados.  Si bien los problemas de corrupción y las peligrosas relaciones de algunos políticos con grupos paramilitares y guerrilleros han empañado los logros, el sólo hecho que esos escándalos hayan provocado la destitución de decenas de legisladores es evidencia de que las instituciones democráticas funcionan. En tanto Uribe siga el ejemplo de otros presidentes ejemplares, como Cardoso y el propio Lula, que entendieron que el éxito del país radica en que las instituciones son más importantes que las personas, y opte por no buscar un tercer periodo en el poder, su legado lo convertirá en uno de los presidentes más positivamente transformadores que ha tenido ese país.

 

En los restantes 8 países que vieron nuevos liderazgos asumir el poder durante el año 2006, los resultados han sido variopintos. Mientras en algunos países—como Bolivia, Ecuador y Nicaragua—los entusiastas nuevos líderes buscaron refundar tanto el sistema político como el modelo económico, en otros—como Chile, Costa Rica, México y Perú—los nuevos mandatarios han buscado fortalecer las democracias existentes y afinar el modelo económico a favor del libre mercado para dotar al Estado de mejores herramientas para reducir la pobreza, disminuir la desigualdad y potenciar el crecimiento económico. A dos años de iniciados sus gobiernos, los resultados no podrían ser más sorprendentes. Mientras Perú, México, y en menor medida Chile y Costa Rica, aparecen como países claramente enmarcados en un sendero de crecimiento económico y consolidación democrática, Bolivia, Ecuador y Nicaragua muestran evidencia de un agotamiento de los liderazgos presidenciales y de creciente polarización política. Las economías de esos tres países se han expandido discretamente. Eso ha debilitado la capacidad de sus presidentes para cumplir las loables promesas de campaña que hablaban de reducción de la pobreza y lucha contra la exclusión y desigualdad. Porque buscaron reformas profundas que suponían tanto la refundación de sistemas políticos deslegitimados como la imposición de modelos económicos que ya han fracasado anteriormente, estos nuevos líderes no han podido producir los resultados que esperaban. Es más, en los tres casos, la calidad de la democracia tampoco ha mejorado sustancialmente. Tanto en Bolivia como en Ecuador, los procesos para producir nuevas constituciones han avanzado con excesiva lentitud, lo que ha llevado a un estancamiento tanto en la capacidad del gobierno para ejercer liderazgo como en la capacidad de la oposición para asumir su necesario rol de fiscalización y de construcción de alternativas creíbles para las próximas elecciones.

 

A dos años de iniciados 11 periodos presidenciales en América latina, los dispares resultados en términos de crecimiento económico y consolidación democrática dejan en claro que los liderazgos importan. Si bien todos los líderes posiblemente tienen las mejores intenciones, sólo cuando adoptan las prioridades correctas, sus países pueden avanzar en la senda de la consolidación democrática y el desarrollo económico.

 

 

 

 



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