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El mundo según Pato Navia

 
20080802 El legado de Bachelet



Patricio Navia

Revista Poder, #5, Agosto 2008

 

Siempre fue difícil que, en su cuatrienio en el poder, Michelle Bachelet lograra construir un legado que superara el hito histórico que representó su toma de poder el 11 de marzo de 2006. Pero nadie anticipó que su gobierno fuera a dejar un legado tan discreto. De los cuatro gobiernos concertacionistas, este está perfilándose como el menos exitoso.  

 

Los libros de texto escolar siempre tendrán una foto de Bachelet recibiendo la banda presidencial de manos del presidente del Senado Eduardo Frei bajo la aprobatoria mirada del saliente presidente Ricardo Lagos. Al ser la primera mujer en llegar a La Moneda, Bachelet se ganó un lugar privilegiado en la historia—junto a los padres de la patria y a los grandes héroes nacionales—apenas asumió el poder.

 

Por eso mismo, ella enfrentaba un desafío mayor que el de sus tres predecesores. Aylwin debía conducir la transición hacia la democracia en forma pacífica. En la medida de lo posible, la democracia chilena tiene más luces que sombras porque Aylwin supo combinar consolidación democrática con expansión económica. A su vez, Frei promovió la modernización. Si bien la democracia también se consolidó bajo su mandato y el arresto de Pinochet en Londres demostró que la institucionalidad era más sólida que lo que el propio gobierno parecía pensar—el legado de Frei fue la modernización y la infraestructura. Al ser el primer socialista después de Allende, Lagos demostró que un socialista podía salir de pie—y en medio de vítores de simpatizantes y adversarios—después de completar exitosamente su mandato constitucional. En los 16 primeros años de gobiernos concertacionistas, se consolidó la democracia, se legitimó la Constitución de Pinochet y el modelo económico neoliberal, dotado de componentes de justicia social (rostro humano), se transformó en una economía social de mercado.

 

Inmejorables condiciones

Bachelet llegó al poder en inmejorables condiciones económicas y políticas. El país crecía a un ritmo saludable y su coalición tenía mayoría en ambas cámaras. Bachelet representó una mezcla saludable de continuidad en políticas económicas y cambio en énfasis y estilo. En un país acostumbrado a una democracia desde arriba hacia abajo, caracterizada por acuerdos de elite y poca participación, Bachelet representó un intento por introducir democracia desde abajo hacia arriba.

 

Bachelet no inventó la demanda por más participación ciudadana. Fue candidata y logró la victoria precisamente porque existía esa demanda. Su candidatura fue aceptada por las elites de los partidos cuando las encuestas dejaron claro que era la mejor carta para que la Concertación se mantuviera en el poder. Las elites partidistas equivocadamente pensaron que gobernarían vicariamente a través de la mandataria. Pero Bachelet tenía otros planes. Ya en campaña dejó en claro que quería un gobierno transformador más allá de la cuestión de género. Junto a prometer paridad de género, Bachelet también prometió caras nuevas. Además, aseguró que incorporaría mecanismos de democracia desde abajo hacia arriba.

 

Pese a su intención fundacional, la enormidad del momento histórico que implicaba convertirse en la primera Presidenta terminó por cegar a Bachelet. La grandeza de ese primer minuto amagó cualquier posibilidad de que sus cuatro años posteriores produjeran un legado que superara el de aquella primera—pero también políticamente abrumadora—monumental foto.

 

El gran error

Todos los gobiernos cometen errores. Algunos son más dañinos. Pero los primeros errores tienden a ser más costosos, en tanto influencian el desempeño futuro del gobierno. Los primeros cien días de gobierno son siempre los más productivos—y constituyen la base de lo que será el resto del mandato.

 

Pero la decisión más importante que toma un presidente ocurre antes de asumir el mando. La formación del primer gabinete entrega inequívocas luces sobre la dirección del nuevo gobierno, sus prioridades y el estilo de liderazgo presidencial. En ese primer gabinete, los presidentes siembran las semillas de su legado. Al nombrar ministros que puedan potenciarse como futuros candidatos presidenciales, la mandataria se convierte en el gatillador de la carrera de sucesión. Si los presidenciables oficialistas están en el gabinete, La Moneda los puede controlar. Aquellos presidenciables que se mueven demasiado antes de tiempo pueden ser removidos del gabinete, con lo que su gran plataforma presidencial queda debilitada. Los que muestran disciplina, inducen también a sus partidos a disciplinarse en torno a un mandatario que, al tener a sus potenciales sucesores cerca, controla las cuerdas de la re-elección.

 

Bachelet equivocó el camino al nombrar un primer gabinete débil, sin figuras presidenciales. Porque prometió un dogmático recambio de rostros, Bachelet incluso daño la posibilidad de mujeres que podrían haber entrado al gabinete y potenciarse como sus sucesoras. La debilidad de ese gabinete quedó en evidencia con las protestas estudiantiles. El equivocado diseño de Bachelet quedó en evidencia en un lamentable ‘cartillazo” ministerial en junio de 2006. Cuando Bachelet leyó un “decálogo” a sus ministros, reprimiendo liderazgos personales, la suerte de su cuatrienio quedó echada. Al nombrar a un gabinete sin presidenciables, Bachelet demostró que no entendía cómo administrar el poder.

 

Los errores que se destacan de su administración, como el manejo de las protestas estudiantiles de 2006, el Transantiago en 2007, el debate sobre el apoyo a Venezuela en la ONU, los conflictos entre Hacienda y Trabajo, las debilidad ante presiones indebidas, los inefectivos cambios de gabinete y las propias declaraciones presidenciales anunciando que el suyo sería un gobierno de dos años son sólo resultado de ese primer gran error. Incluso los aciertos de su administración, como la reforma previsional y la reforma educacional (todavía pendiente) no ayudarán electoralmente a ningún ministro. Nadie cosechará los beneficios de una reforma de pensiones que, aunque menor a lo prometido, mejorará las condiciones de vida de millones de chilenos.

 

Como siempre ocurre, el legado de Bachelet tendrá luces y sombras. Las luces no serán particularmente brillantes—ni permitirán que la Presidenta logre potenciar un candidato que prosiga su legado después de 2010—ni las sombras serán particularmente preocupantes. La luz que permanentemente irradiará la primera foto de su cuatrienio terminará por opacar los discretos logros y los evitables errores de su administración que prematuramente parece prepararse para un mucho menos glorioso final. Pero eso no tenía que ser así. Su legado será particularmente discreto porque Bachelet cometió un gigantesco error inicial del que nunca supo ni pudo recuperarse.

 

 



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20080802 Cabra chica gritona



Patricio Navia

La Tercera, agosto 2, 2008

 

El incidente del jarrón resume excepcionalmente muy bien el lamentable estado actual de la política. El gobierno erró al tildar al injustificado exabrupto adolescente como un ataque contra la democracia y la Alianza dejó que una impulsiva estudiante les arrebatara protagonismo en la oposición.

 

Aunque la estudiante María Música bien se merece una sanción apropiada para su falta (¡escribir 500 veces en un cuaderno que no debe irrespetar a una mujer de 67 años!), la reacción del gobierno y de la oposición refleja incapacidad para liderar un debate sobre una reforma parece cada día más urgente y menos probable de convertirse en realidad.  

 

Si bien el irreflexivo ataque contra la Ministra de Educación fue injustificado, la reacción de la clase política fue excesiva. En algún sentido, el jarrón de agua simbolizó la frustración de una sociedad que hace dos años se conmovió con las protestas estudiantiles y que todavía espera que la clase política logre ponerse de acuerdo para encontrar una solución.

 

Después de dos reemplazos ministeriales en Educación, una celebración a manos alzadas de un acuerdo que duró menos que un recreo, y luego de tres discursos de 21 de mayo con anuncios de reforma educacional, todavía no hay solución, aunque sea parcial, al desigual acceso a educación de calidad.

 

Cuando la historia analice en qué momento se jodió el gobierno de Bachelet, las protestas estudiantiles de mayo de 2006 competirán con el Transantiago. Su reacción inicial ante las protestas estudiantiles llevó a pensar que el gobierno tal vez no tenía dedos para el piano.

 

Desde el comienzo, Bachelet permitió que los estudiantes controlaran la agenda. Esto en parte se debió a que, al formar su primer gabinete, Bachelet dejó fuera a potenciales presidenciables. Si bien logró que nadie la opacara, también perdió la oportunidad de convertir la energía de los políticos con ambición de poder en fuerza positiva para su gobierno, como en una cartera como educación.

 

Preocupada más del cuoteo de género, las caras nuevas y los balances partidistas, Bachelet nunca entendió que su éxito dependía de nombrar ministros poderosos. Creyendo que sería evaluada por sus intenciones y no por sus resultados, incentivó instancias de diálogo y se olvidó de hacer política y forjar acuerdos.

 

El amplio consenso sobre las falencias del sistema educativo no ha permitido forjar acuerdos mínimos. La intención inicial de Bachelet de buscar un acuerdo amplio es parcialmente responsable del fracaso. Las reformas siempre son en la medida de lo posible. Mientras más amplio el acuerdo que se busca forjar, más difícil será alcanzarlo. Al aceptar que los estudiantes ejercieran poder de veto, Bachelet dejó la puerta abierta para que una adolescente de 14 años pudiera amenazar con derribar una reforma que cada día parece más débil en el Congreso. Por cierto, este no es el primer affaire que involucra a un jarrón en la política chilena. Ya en el periodo anterior, la irreflexiva metáfora del Presidente Lagos permitió asociar los jarrones a un gobierno que, en vez de liderar, optaba por buscar excusas.

 

La Alianza, obsesionada con el desalojo, también se olvidó de liderar. Sus dos partidos parecen más preocupados de imponer a un candidato presidencial que de ofrecer alternativas de reformas. En educación, mientras el gobierno parece incapaz de alterar el statu quo, la Alianza parece incapaz de ofrecer propuestas que se hagan cargo de las demandas ciudadanas.

 

Aunque unos pocos desubicados celebran la forma y otros tantos la dramatizan en exceso, en circunstancias normales María Música sería considerada una adolescente malcriada. Pero en el estado actual de inacción y desorden de la política chilena, la chica del jarrón se ha convertido en un símbolo de la frustración de una sociedad que se merece un gobierno y una oposición que sean capaces de forjar acuerdos para solucionar problemas.



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