(Por
problemas de coordinación—no envié la columna a tiempo—sólo fue publicada una versión
abreviada de esta columna. Las secciones en [paréntesis] no aparecieron en La
Tercera)
Después de 30 meses en el poder, Bachelet ya se ha
construido una indiscutible reputación internacional. La presidenta chilena es
valorada mucho más por su simpatía que por su liderazgo. Aunque genera buena
voluntad y siempre evita pleitos, Bachelet no logró convertir la empatía que
produce en un liderazgo efectivo que le permita impulsar las causas
internacionales con las que ella personalmente se ha identificado.
Por su experiencia de vida y por su discurso a favor de
la participación democrática y más integración regional, su llegada al poder generó
expectativas sobre el liderazgo internacional que podría jugar. Pero las protestas
estudiantiles primero, el Transantiago después y el complejo tablero en el
ajedrez político regional pronto las echaron por tierras.
[El duro trato que le dio el gobierno de Néstor Kirchner respecto
al suministro de gas dejó en claro que en política internacional, no hay
discriminación positiva por género. Su indecisión respecto al voto de Chile
para el Consejo de Seguridad de la ONU en 2006 también socavó su reputación regional.
Bachelet se convirtió en una presidenta simpática y querida, pero con
decreciente influencia internacional.]
Ahora, cuando su influencia en la política chilena se
desvanece, Bachelet quiere potenciar su popularidad nacional con eventos
internacionales. La convocatoria extraordinaria a una cumbre de Unasur le
produjo dividendos domésticos. Pero la crisis política en Bolivia se mantuvo
inalterada.
[Peor aún, quedó claro que lo único que parece unir a ese
polarizado país es su desprecio por Chile. Ya que en Bolivia ni siquiera
tenemos embajador, la iniciativa de Bachelet de intervenir diplomáticamente
sólo desnudó las inconsistencias de nuestra política exterior.]
En su visita a Estados Unidos, Bachelet viajó a Boston
para condecorar al languideciente senador demócrata Edward Kennedy por su
compromiso con los derechos humanos en el Chile de Pinochet. Pero evitó
demostrar la misma determinación para explicitar públicamente su preocupación
por el informe de Human Rights Watch sobre los derechos humanos en Venezuela.
[Después que en 2007 impulsó su candidatura para el
consejo de derechos humanos de la ONU, Bachelet ahora se excusó de hablar
públicamente del tema.]
En Nueva York, el presidente Lula cautivaba a atentos inversionistas
con los avances de su país, la presidenta Kirchner buscaba salir de la capilla
castigo por el no pago de la deuda argentina, el presidente Uribe hacía desesperado
cabildeo por el acuerdo de libre comercio con Estados Unidos y el paraguayo
Lugo despertaba curiosidad. Bachelet no tenía nada novedoso que ofrecer, ningún
ambicioso proyecto económico para captar inversiones o iniciativa política para
granjear apoyo internacional. Ni siquiera la prensa internacional mostró
interés en su innecesario análisis de los motivos de la crisis financiera
estadounidense. Mientras los presidentes del mundo tejían redes, Bachelet se
fue a cenar con la delegación chilena en tácito reconocimiento de que su gira
tenía mucha más ambiciones domésticas que internacionales.
Con todo, Bachelet ha mantenido presencia internacional
gracias a su espontánea simpatía. Pero el desenvuelto buen humor también puede desnudar
debilidades. En un diálogo con analistas, Bachelet bromeó diciendo que en Estados
Unidos no hay golpes militares es porque no hay embajada estadounidense en ese
país. Además de desafortunado, resulta inapropiado que un presidente se haga el
chistoso en temas sensibles.
[Algún otro líder bien pudiera bromear que Bolivia es un
país tan inestable porque Chile no le quiere dar salida al mar. Similarmente ofensiva
y tergiversadora de la realidad, una broma así produciría una reacción más
severa en Chile que la que la humorada de Bachelet en Estados Unidos.]
[A medida que se acerque la elección presidencial,
Bachelet buscará aumentar su presencia internacional. Si bien se confirmará su
empatía personal, su ya limitada influencia se irá desvaneciendo.]
Pareciera que en las elecciones municipales todos ganaran. Ya que interpretan los resultados de distintas formas, los contradictorios análisis que hacen los partidos de los resultados tienden a ser tan válidos como confusos. Aunque se supone que en una elección hay ganadores y perdedores, todos los partidos políticos siempre encuentran algo que les permita decir que resultaron ganador.
Esta confusión se debe en parte a que efectivamente hay varios criterios posibles para evaluar los resultados de una elección municipal. A diferencia de una contienda presidencial, donde solo un candidato se ciñe la banda presidencial (aunque algunos perdedores igual hablan de empate) o de una elección parlamentaria, donde una coalición alcanza más escaños en el Congreso, las elecciones municipales dan para diversas interpretaciones.
Hay cinco criterios para evaluar quién gana las municipales: el porcentaje de votos en alcaldes, número de alcaldes electos, porcentaje de votos en concejales, número de concejales electos y triunfos de alcaldes en las 10 comunas emblemáticas (aquellas con más inscritos).
En 2004, la Concertación obtuvo una victoria en 4 de esos criterios. La coalición de gobierno obtuvo la primera mayoría relativa en votos para alcaldes y concejales. Además, escogió a 203 de los 345 alcaldes y a 1126 de los 2144 concejales. Respecto a 2000, la Concertación mejoró sustancialmente en número de alcaldes. Si bien su votación de 47,9% en concejales bajó respecto al 52,1% logrado en 2000, el hecho que la Alianza también bajara de 40,1% a 37,7% permitió a la Concertación creíblemente atribuirse la victoria. La Alianza sólo encontró satisfacción al ganar 6 de las 10 comunas con más inscritos en el país.
Más allá de los esperados discursos triunfalistas de los líderes partidistas el 26 de octubre, podremos saber quiénes se pueden sentir ganadores y quiénes perdedores.El primer criterio es el número de alcaldes electos. Los alcaldes concentran mucho más poder que los concejales. La Concertación defiende 203 alcaldías. Si logra sumar a sus 104 alcaldías un número similar a los que pierdala Concertación, la Alianza se llevará el premio mayor.El porcentaje de votos en alcaldes es altamente simbólico, pero importa más el poder al que se accede con los votos que los propios votos. De poco sirve ganar más votos y perder alcaldías. Así y todo, hay una correspondencia entre número de alcaldes electos y porcentaje de votos. Si la Alianza mejora su votación de 38,7% y la Concertación baja su marca de 44,8%, la coalición opositora se anotará otra victoria.
Por cierto, las expectativas también importan. Con entusiasmo desmedido e injustificado, el vocero de gobierno de Bachelet ya anticipó que la Concertación ganaría en todos los criterios. Si bien la Concertación posiblemente logre una votación superior a la de la Alianza en alcaldes y mantenga el control de más comunas, su división en dos listas le hará perder concejales.La Alianza mejorará respecto a 2004, aunque no alcance a superar la votación de la Concertación.
Finalmente, bien pudiera darse el caso que las dos coaliciones queden con sabor a derrota. Si el porcentaje de votos por candidatos independientes supera con creces el 10% o si el abstencionismo y los votos nulos y blancos aumentan sustancialmente, el voto de castigo habrá sido el gran ganador. En 2004, 6.123.375 chilenos votaron válidamente. Si esa cantidad cae por debajo de los 6 millones, la única conclusión posible es que la democracia chilena habrá evidenciado síntomas claros de problemas. Por más triunfalistas que sean los discursos, una alta abstención podría convertirlos a todos en perdedores.
Considerando
el trabajo absolutamente comprometido con los derechos humanos de Human Rights
Watch—cuestión que los chilenos debemos recordar con agradecimiento y
solidaridad—resulta inaceptable no reaccionar a favor de Human Rights Watch
después de la decisión de Chávez de expulsar a José Miguel Vivanco por haber
hecho público el Informe sobre Derechos Humanos en Venezuela (http://www.hrw.org/reports/2008/venezuela0908/)
en la ciudad de Caracas.
El respeto por
los derechos humanos debiera preceder cualquier preocupación política de corto
plazo o consideraciones de alianzas estratégicas y tácticas. Hay que defender
los derechos humanos hasta que duela.
Estoy seguro
que el gobierno de Chile y cada uno de los partidos de la Concertación
reaccionarán con firmeza y claridad a esta injustificada decisión del gobierno
venezolano. La presidenta Bachelet, víctima de violaciones a los derechos
humanos, debe asumir un papel de liderazgo para trabajar a favor de que las
preocupantes violaciones a los derechos humanos que ocurren en Venezuela y que
han sido debidamente documentadas en el Informe de Human Rights Watch dejen de
ocurrir.