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El mundo según Pato Navia

 
20080912 José Miguel Concha Bravo, 1926-2008



José Miguel Concha Bravo, 1926-2008

Patricio Navia

Julio 7, 2008

 

Cuando todos se vayan a otros planetas

yo quedaré en la ciudad abandonada

bebiendo un último vaso de cerveza,

y luego volveré al pueblo donde siempre regreso

como el borracho a la taberna

y el niño a cabalgar

en el balancín roto.

Y en el pueblo no tendré nada que hacer,

sino echarme luciérnagas a los bolsillos

o caminar a orillas de rieles oxidados

o sentarme en el roído mostrador de un almacén

para hablar con antiguos compañeros de escuela (Jorge Tellier)

 

Ya sabíamos que iba a pasar. De hecho, cuando hablaba con Miguel siempre le preguntaba por la salud de su viejo sólo para recordarle tácitamente que cuando finalmente ocurriera lo que todos esperábamos, me avisara enseguida. Así y todo, cuando Miguel me dejó el mensaje el viernes 13 de junio, me impactó la noticia. Recordé una frase de Guantanamera, la última película del cubano Tomás Gutierrez Alea: la muerte siempre es un imprevisto.

 

José Miguel Concha Bravo nació en el campo, cerca de Nueva Imperial en 1926. Aunque sus papeles señalan la fecha de inscripción en 1928, su hermano menor aclaró que su madre les había dicho cuando niños que los habían inscrito el mismo día en Nueva Imperial cuando su hermano ya tenía dos años. Entonces esa zona todavía era La Frontera y en el campo importaba poco la fecha exacta de los nacimientos.

 

Su hijo, Miguel Rodrigo Concha Coronado es mi mejor amigo. Lo conocí en Temuco en 1983, cuando los dos cursábamos 8 básico en el Colegio Adventista. Vivíamos a dos cuadras de distancia. En su casa siempre había más gente que en la mía. Si bien cuatro de sus cinco hermanas mayores ya no vivían en la casa Corvi de la Población Temuco, la mamá de Miguel aprovechaba la cercanía de la Universidad La Frontera para dar pensión a estudiantes de otras ciudades que llegaban a estudiar a la capital de la Araucanía. Tal vez por eso mis recuerdos de esos años estudiando y conversando con Miguel son mucho más de mi casa que de la suya. Pero el olor a lana mojada, a leña húmeda y a pan recién horneado son inseparables de mis recuerdos de Temuco y mis recuerdos de Temuco son inseparables de la casa de Miguel.

 

En la casa de Pasaje 2, número 1389, también estaba la bicicleta de don Miguel, el papá de mi amigo. Algo huraño y de pocas palabras, don Miguel retaba a su hijo por usar la bicicleta sin permiso. De oficio gásfiter, para don Miguel la bicicleta era un instrumento de trabajo.

 

Aunque nunca escuché a hablar a don Miguel de política, fue en esa casa donde como adolescente recién empecé a interiorizarme sobre las violaciones a los derechos humanos y de la tortura. Todos sabían que algo pasaba. En la pieza de Miguel había un póster que años después el propio Miguel me regaló: “No hubo guerra, fue matanza.” La señora Peta siempre le decía a su hijo que tuviera cuidado, que no se metiera en cosas. Ella prefería que su hijo estudiara para ser pastor de la iglesia adventista. Pero Miguel quería ser periodista o abogado. Muchas veces cuando estábamos estudiando, o conversando, o divagando sobre política o compañeras de curso, don Miguel llegaba pedaleando sobre su bicicleta con sol y lluvia, con un poncho y su rostro curtido por el frío y los años de duro trabajo.

 

“Mi viejo”, me contó Miguel hace unos días, “creció en el campo cerca de Imperial. Cuando chico le tocaba ir a la montaña a buscar leña. Había pumas entonces en la zona. La vida era dura.” Luego, ya casado, don Miguel y Petronila se fueron de Imperial a Temuco en la década de los 50. Chile vivía bajo el Frente Popular, pero el cohecho era el pan de cada día en las zonas rurales. Los que querían mejor vida tenían que irse a la ciudad. “Comparado con nuestros viejos, a nosotros nos ha tocado fácil.”

 

La historia de don Miguel Concha Soto y su esposa Petronila Coronado es para sacarse el sombrero. En Estados Unidos los llamaría héroes. Se casaron en 1950, por ahí cuando las mujeres adquirieron el derecho al voto. Tuvieron seis hijos. Todos tienen título universitario. Nada mal para dos campesinos llegados a la ciudad buscando mejores oportunidades. Cuatro hermanas mayores de Miguel estudiaron con arancel diferenciado. La más pequeña y Miguel, con crédito fiscal. Una enfermera, dos profesoras, dos parvularias y Miguel abogado, esa familia debe estar varías desviaciones estándar sobre la media chilena en cuanto a movilidad social.  

 

Cuando ya el final se veía cercano y don Miguel casi no se movía de la cama después de su más reciente trombosis, la mayor preocupación de la familia era doña Peta. Agotada por el extenuante trabajo que implicaba cuidar a su esposo que yacía en cama, doña Peta parecía tan cansada como triste. De menos de un metro cincuenta de estatura, esta mujer admirable acompañó a su marido hasta el final. “Ya poh, dime vieja gruñona”, repitió varias veces esa mañana del viernes 13 de junio al cuerpo ya sin vida de don Miguel.

 

Hace años que don Miguel ya no podía subirse a una bicicleta. Hace años también que ya no podía hacer el tradicional ritual de año nuevo de la familia Concha Coronado. El cordero llegaba a la casa una semana antes de navidad. Y don Miguel mismo lo faenaba. Una vez me tocó ayudar en el proceso. Don Miguel me pidió que le sujetara las patas al cordero mientras él lo degollaba en el patio. Tomé algunas fotos. No me animé a beber la sangre del cordero. Dos días después, comimos el cordero en el tradicional paseo de año nuevo al río Quepe. Esa vez casi me ahogué, por culpa de los mellizos, sobrinos de Miguel con los que estaba jugando en el río. Ahora, los dos mellizos, que miden más de un metro ochenta, estaban en el funeral. Estudian medicina y odontología en la Universidad de Concepción.

 

Cuando el viernes 13 de junio Miguel me avisó que su papá recién había fallecido, sólo me salió decirle que si necesitaba cualquier cosa me lo dijera. En vez de preguntarle dónde estaba para ir a darle un abrazo, mi reacción casi mecánica fue ponerme a su disposición para ayudar en lo que fuera necesario. Era viernes de tarde en Santiago. Hacía algo de calor. Volví a mi departamento y escribí una columna corta para La Tercera subrayando los esfuerzos de Andrés Velasco para ejercer disciplina fiscal en el gobierno. A las tres de la tarde del día siguiente, me subí al auto de Rodrigo, que junto a su hermano José David, también amigos de Miguel, me acompañaron en ese triste pero necesaria viaje al sur. Los funerales estaban programados para la mañana del domingo.

 

Llegamos tarde a Temuco la noche del sábado. Mi ciudad adoptada, olía a leña y humedad. El frio de la noche me llevó a imaginar a don Miguel y doña Peta llegando a Temuco a comienzos de los 50, con el mismo olor a leña y sueños difíciles de cumplir. Pasamos fuera de la iglesia donde estaba la urna con el cuerpo de Don Miguel. Era la misma iglesia donde mi padre, pastor adventista, predicó tantas veces. Era la misma iglesia, iglesia adventista de los Pioneros en Avenida Estadio, donde yo me escondí en el patio a besar a alguna novia de la adolescencia. La misma iglesia donde llegaba todos los sábados de mañana doña Peta con algunas de sus hijas y con Miguel, su hijo menor, mi amigo, a escuchar las prédicas y compartir con una comunidad de fe. Por cierto, don Miguel padre nunca fue a la iglesia. No era adventista. Aunque no son necesariamente excluyentes, era más bien comunista. O al menos de izquierda. No le gustaba Pinochet.

 

Pero si le gustaba el Colo Colo. Recuerdo a Don Miguel por las noches de domingo mirando los goles en la televisión a mediados de los 80, cuando Miguel y yo estudiábamos en el liceo. Lo recuerdo por las noches de domingo mirando los goles en la televisión en los 90, cuando yo viajaba desde Estados Unidos a visitar Chile que en realidad era el sur; la casa de Miguel, mi casa en Temuco. Lo recuerdo una noche de semana mirando los goles en televisión hace un par de años cuando yo pasé por Temuco por unas charlas que me tocaba dar en una universidad. Don Miguel entonces ya había sufrido una fuerte trombosis y difícilmente se levantaba. Bromeamos un poco sobre el fútbol, sobre la política, sobre su hijo Miguel, mi amigo, y su nieto Eduardo, mi ahijado. Don Miguel era un hombre de pocas palabras, pero de abrazo sincero y mirada directa.

 

“Con sus defectos y virtudes, mi papá nos enseñó que todos somos iguales”, dijo Miguel en el cementerio la mañana del domingo. Media hora antes, después que pusieron el féretro en el carro fúnebre, fuera de la iglesia, me acerqué a saludar a mi amigo. El viernes, treinta y seis horas antes me había llamado para darme la noticia. Nos abrazamos largo y fuerte, sin decir nada, con los ojos llenos de lágrimas. Había llovido por la mañana, pero las nubes que se alejaban con el fuerte viento dejaban ver un cielo demasiado azul. Al fondo, el volcán Llaima.

 

Avanzamos por la misma calle que tantas veces caminamos cuando chicos, el mismo recorrido por Avenida Pablo Neruda—ex Avenida Estadio. Pero ahora en silencio, con la urna, las flores, los autos y esa sensación de tranquilidad y dolor que dejan una nube permanente en los ojos y una molestia persistente en la garganta. Recordé las Instrucciones para llorar de Julio Cortázar y pensé que probablemente tuve el primer libro de Cortázar en mis manos en la casa de Miguel. Los imponentes árboles que ahora adornan el parque de la Avenida Neruda los plantaron cuando Miguel y yo éramos adolescentes. 

 

En la iglesia, el pastor predicó un sermón enfatizando la inminente segunda venida de Cristo. Porque de niño acompañé a mi padre, pastor adventista, a innumerables funerales, podía anticipar los versículos de la biblia que se leerían para confortar a los dolientes. Me sorprendió recordar a la perfección las palabras de la primera epístola de Pablo a los Tesalonicenses, capítulo 4, versículos 16 y 17: “Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor”.

 

La señora Peta, la madre de Miguel, mi madre adoptiva, como siempre me decía ella, se veía frágil y calmadamente triste. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Las cinco hermanas de Miguel, varios de sus esposos y casi todos los nietos estaban en el templo. También había otros feligreses cuyas caras me eran conocidas desde esos tiempos inmemoriales—no exagero en el uso del adjetivo—cuando mi papá era pastor de esa iglesia, cuando Chile vivía en dictadura, cuando yo quería irme a estudiar derecho o ingeniería a la Universidad de Concepción, cuando don Miguel llegaba empapado a la casa las noches húmedas y frías del invierno temuquense.

 

De niño, también en Temuco, mis padres nos hacían leer poesía. Lejos de ser nostálgico, mi padre igual tenía una predilección por la poesía romántica, desde Rubén Darío a Amado Nervo, pero también Jorge Manrique o Carlos Pezoa Véliz (tras la paletada, nadie dijo nada, nadie dijo nada).  Recitaba Los motivos del Lobo de Rubén Darío, de memoria. Mi madre, en cambio declamaba, poemas religiosos. Yo aprendí algunos versos. Siempre preferí a Neruda y Nicanor Parra. Pero esa mañana funeraria en Temuco, mientras caminábamos por el cementerio nuevo—que construyeron justo frente al sitio baldío donde antes jugábamos fútbol con Miguel y otros amigos de la iglesia—sólo podía repetir los versos de Tarde en el hospital de Pezoa Véliz (sobre el campo el agua mustia, cae fina, grácil, leve; sobre el campo cae angustia, llueve.)

 

Había demasiada luz esa mañana para ser invierno. Imaginé que si pudiera subirme a alguno de los árboles, se vería el volcán Llaima, el Villarica e incluso el Lanín. La muerte de don Miguel también representaba un paso más en este lento alejamiento de Temuco por el que he transitado desde que salí de la ciudad en marzo de 1987. La tristeza por la muerte de los seres queridos es, después de todo, una señal incuestionable de egoísmo. Lloramos por los que nos quedamos. Pero ese confuso cóctel de sentimientos incluye  también resentimiento, resignación y lisa y llanamente, dolor.

 

Cuando la gente se empezó a retirar del lugar, me quedé hasta el final. Me volví a acercar a Miguel, su hijo Eduardo quería tirar alguna flor sobre el ataúd a medio enterrar. Abracé a mi amigo sin decir nada. Me dejé llevar tanto por la pena de la pérdida de su padre como por la tranquilidad de estar junto a este amigo que conocí a los 13 años y con quien he compartido éxitos y fracasos, alegrías y tristezas en estos 25 años. Le señalé el cielo azul y las nubes y las colinas que se veían hacia el sur y le dije “Hermano” (no uso el término ligeramente), “algún día tendremos que venir a andar en bicicleta, con tus hijos y los míos y les vamos a contar sobre don Miguel, mapuche, que nació en el campo, fue un padre con fortalezas y debilidades que les enseño a sus hijos y a los amigos de sus hijos que todos somos iguales.” Miguel pareció no escucharme. O tal vez fue sólo la tranquilidad y confianza que da conversar con un amigo de toda la vida. Me señaló a su hijo Eduardo que recogía flores junto al ataúd y nos miraba sonriente con cara de niño malo.

 

 

 



Enviado por patonavia
 
 
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